Tras muchos años paseando de la mano por las mojadas aceras, Al seguía colgando el último el teléfono, esperando que algún día Luz tampoco lo hiciera y que sus risas llenas de rubor volvieran a escucharse a través del auricular, sonrojados de no querer despedirse primero. Después de tanto tiempo quedando en la misma esquina, Luz seguía mirando a través del espejo de su coche, por si algún día Al volvía a quedarse delante del portal, esperando a que ella girara la calle, con la mano aún levantada y el regazo ardiendo para el día siguiente.
Los dos seguían esperando esos gestos, pero no los reclamaban, porque el tiempo, aunque no mata el corazón, lo calla, y deja que los anhelos se conviertan en hielo.
Porque, a veces, no hay nada más triste, que un recuerdo feliz.
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