El salón estaba vacío, en silencio entre los muebles y los libros que contaban la misma historia con distintas voces. La chimenea estaba a punto de agotar su calor. Él había entrado en casa con el alma rota y la rendición en las manos. No había cerrado la puerta a pesar de que la lluvia no cesaba por si Luz deseaba volver, porque ya nada importaba. Ya nada la retenía a su pecho. A él las palabras se le habían agotado y sus labios se habían desprendido de su memoria.
Arrodillado ante el majestuoso silencio de su ausencia lloraba hundido en el miedo ante el futuro. Así es como pasó la última hora en el baño de burbujas. En todo ese espacio de tiempo fue consciente de que tenía miedo al amor, porque su amor comenzaba y terminaba en ella. Era ella el único título de su historia y él lo sabía.
La puerta se cerró, pero él no pudo más que quedarse inmóvil. Ella entró empapada, nerviosa, y se dirigió lentamente pero con paso decidido hacia las burbujas. Ella sabía que lo que iba a decirle le crisparía para siempre el corazón. Tenía la convicción de saber cuál era el título de su historia.
- ¿Qué te pasa? – preguntó ella temblando.
- ¿Y tú me lo preguntas?- contestó él con su último suspiro-. ¿Es que no lo sabes?
Fue entonces cuando ella se arrodilló y, sujetándole la barbilla, alzó su mirada para besarlo del modo más tierno que conoce el amor, con la sutileza propia de un verso que encuentra en la metáfora su perfección. Fue breve en su ejecución pero infinito en el tiempo. Entonces ambos separaron sus labios y ella sonrió levemente acariciándole el rostro y poniendo un punto final a la historia:
- Claro que lo sé – dijo. Y a él, se le crispo para siempre el corazón.
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