Días para Agosto

jueves, 21 de abril de 2011

La clase de chicos

Los chicos que se sienten solos no entienden a los chicos que no conocen el miedo. Hay un tipo que sufre porque nadie le quiere, o eso siente él. Se levanta temprano porque no consigue dormir más de cinco o seis horas: desayuno con diamantes de mercadillo, vísceras de poemas desgarrados y feos, aromas de microondas.

Mientras tanto, el chico sin miedo amanece antes de comer, pone la radio y no piensa en nada oscuro, abre el Facebook, despreocupado, anclado en el presente, con la conciencia tranquila o vacía, es lo mismo: ruido de sables, testosterona, prosa diaria, rutinas tranquilas.

De noche se confunden en la pista de baile: uno vive y el otro actúa, ambos con perfumes caros, los dos con miradas lascivas, unas naturales y otras pretendidas. El chico que tiene miedo lo sigue teniendo cuando simula no tenerlo.

Cuando cae la noche llega la angustia esa de las entrañas, ese monstruo que se ciñe al estómago de los chicos que se sienten solos, ese descorazonador deambular por los minutos, acogidos a la esperanza de que alguien les salve de todo lo que duele. El chico que no sufre no se siente solo aunque lo esté.

Así las cosas, la vida es el marco en el que convive el cuadro oscuro y el lienzo puro, los dos chicos que se cruzan por una misma calle y en la que sólo un tropieza.

jueves, 14 de abril de 2011

El valiente juega una partida de ajedrez que sabe que va a perder.
La muerte es su rival.
Le mira altiva, sabiéndose ganadora de antemano, con una sonrisa triunfante y al mismo tiempo compasiva; pareciera que le apena estar segura de su victoria.
El guerrero reza, pero su dios calla.
Ha perdido casi todos los peones, ya ha sacrificado un caballo y un alfil y una de las torres caerá en uno de los cuatro próximos movimientos.
Si no puede ganar ¿Por qué sigue sentado frente al tablero?
Ninguna de las posibles respuestas a esa pregunta resulta alentadora; en ocasiones, nada hay de gratificante, de resolutivo, de motivador en el por qué.
Rendirse o no podría depender entonces del para qué, del proceso que conduce al final de esa partida que no se puede ganar.
Pero a él le da igual lo enriquecedor que pueda resultar el camino.
El caballero no se rinde porque a él le adiestraron para ser un guerrero.

sábado, 9 de abril de 2011

La noticia es que por el resto de nuestras vidas y las siguientes yo más.

Tus 4 minutos y 23 segundos..

Una canción que te agota y te encoge, esa canción, la tuya, la que escuchas una primera vez y luego más y más, si, esa canción que rima con tu vida. ¿Recuerdas? Ibas camino al colegio, no podrias ir mas cansado, medio dormido, tu mp3 sonaba automáticamente y eran las ocho y media de la mañana. Podría decirse que aún no habías recuperado la conciencia tras seis horas de sueño apresurado, un café con leche desnatada, unas noticias en la radio y una ducha con los ojos cerrados. Pero sonó aquella canción.

Lo primero es un escalofrío que te devuelve al instante presente. Es un riff de guitarra, una frase concreta, una entonación particular: la canción te atrapa irremediablemente en medio de todos tus sentidos. De pronto te viene a la cabeza aquella noche de verano en que una chica te dejó tiritando de frío, o a esa mañana de invierno en que llegaste a casa demasiado temprano, o quizá al viaje que hiciste con alguien a una pequeña isla del mediterráneo. O a lo mejor te recuerda que la vida merece la pena ser vivida.

El caso es que en medio del ruido del trafico, (los carros y camiones, y alguna que otra ambulancia o patrulla), las esquinas llenas de señoras con laca y chavales con chicle, suena en tu reproductor algo que te transforma. Y nada más importa entonces, porque esos 4 minutos y 23 segundos son sólo para ti. Entonces te das cuenta de que una pequeña cosa puede detener el universo entero. Y sonríes, o lloras, vives en cualquier caso, encerrado por unos minutos en una cápsula emocional irrepetible.

Así que una canción, en este caso la tuya, ha parado todos los relojes y te ha introducido en un paréntesis de paz. Es sólo un ejemplo, pero nos ha pasado a todos. Y demuestra que la belleza, de una canción en este caso, posee un poder transformador de proporciones estratosféricas. La belleza nos salva y nos duele, nos hace hombres, genuinamente, esencialmente. Luego viene todo lo demás.
En que canción hemos pensado?

viernes, 3 de diciembre de 2010

Bueno, ese soy yo comiendo un burrito


Lucero Alejandra De Santiago Abarca Feliz navidad del 2010

Te quiero regalar una cosa: abre los ojos bien y mira la carta que sostienes en tus manos. ¿Te gusta? Tienes la palabra, la libertad; solo falta que te cosas la alegría entre los dedos y aprietes el botón de Empezar ya, porque lo que te estoy regalando es lo más importante que poseo, es lo más importante que tengo, y ahora esta entre tus hermosas manitas, Lucero, mis sueños, mis esperanzas, mi fe, mis miedos, mis logros, todos son para ti, son para ti y para nadie más, mi amor, todo mi amor, cada gotita de amor que tengo en mí es para ti, cada chorrito de imaginación de mi cabecita es para ti, cada latido de mi corazón es tuyo, todo el aire de mis pulmones es para que me lo cortes con un beso, mis sonrisas, mis bromas, mis miradas, son tuyas, toditas tuyas.

Te regalo lo más valioso de mi, mi vida, mi amor y mi alma, para que hagas con ellas lo que quieras (más te vale que seas linda eh ehh ehhh) Te Amo Lucero, y solo quiero que comprendas lo que tienes ahora mismo entre tus manos.

Existen ciertos momentos en mi vida en los que resulta imperativo que mi mano se arranque a bailar con plena libertad sobre el papel, y lo haga con la compañía de un plumón. Y en cada una de las letras que entrelazo va amarrado un te amo, que me provoca una sensación de un millón de maripositas en mi estómago. Cuando esos instantes llegan recuerdo las caminatas entre las calles, recuerdo tu gorrito y nuestras fotos, recuerdo como me mirabas con mi suéter blanco de cuello alto, recuerdo nuestros besos al son de la fuente, recuerdo que buscabas la copa de los árboles como yo buscaba tus labios. Luego, están las palabras sinceras, las palabras más sinceras del mundo, son esas cinco letras y un espacio que nos enseñamos entre nosotros, son esas palabras que cuelgan en una esfera dentro de tu habitación, son para que nunca las olvides. Son esas palabras que se escriben por esa extraña, pero, maravillosa sensación, que tanto expresamos entre nosotros con la tinta de nuestros labios. Son esas palabras que te ponen el corazón sensible, los ojos a brillar, a suspirar, es la manera en la que nos amamos, y lo bonito, tierno e inocente que es nuestro amor.

¿Recuerdas cuando imaginábamos que pisaría el piso de tu casa hasta que cumpliera los treinta? Cuando entré por primera vez, no te mentiré, nunca lo hago, se me movía el suelo bajo los pies, estaba muy nervioso, muchísimo muy nervioso, entonces me tomaste de la mano, y me sentí muy afortunado, el joven más afortunado del mundo, tomabas mi mano, y la apretabas, era tu manera de decirme que todo estaría bien (¿o era tu manera de decir que ya no podía escaparme?) Recuerdo que comimos pollito en chipotle, seré sincero, no me gusta nada el chipotle amor, pero me comí toditas las verduritas, ¿lo notaste? Y luego cambiamos platitos, y tu mamá te regaño porque no habías comido mucho, fue bien extraño-tierno-simpático eso, porque imagine a tu mamá regañándote por lo mismo a tus treinta años.

Vuelve a abrir bien los ojos chaparrita, y recuerda que tú eres quien robó mi corazón, y que me encantas, que los momentos más lindos de mi vida han sido a tu lado, discutiendo, jugando, bromeando, o en tu cocina, que un 29 de agosto me cambiaste la vida, comenzaste a enseñarme un nuevo mundo, y yo te enseñé las cuatro cucharadas de azúcar, me enseñaste de historia y yo te enseñé los ositos de felpa, me hablaste de García Márquez y yo de mis chistes. Me hablaste de música y yo te hablé de cartas, me enseñaste tu mundo Lucero y yo te enseñé mi mundo, y ahora, ahora estamos los dos aprendiendo de este mundo, nuestro mundo.

Me gustaría decirte, que quiero sentarme a tu lado y sujetar tu mano, y juntos empujar el columpio de Marisol, que quiero ayudarte a servir el jugo de naranja en el desayuno, que quiero discutir contigo por una cama de agua, que quiero pelear contigo por el control remoto de la televisión, que quiero que me acomodes y desacomodes la corbata antes y después de volver del trabajo, que quiero llevarte de vacaciones cada año, buscarte un libro nuevo cada fin de semana, que quiero pintar las manitas de Marisol en nuestra pared, y medirla cada mes, quiero dejarte notitas de amor en el refrigerador, cartas cursis entre tus calcetines, mensajitos entre tus libros, dibujos en tus deditos, y cada mañana y noche, observar juntos nuestras cartas colgando del techo.

Muchas veces me he preguntado por ti, ¿pensarás tanto en mí como yo en ti? ¿Te acordarás de mí con la misma frecuencia que yo te recuerdo? ¿Te picara en la nariz mi aroma como de pronto me pica la tuya a mí? Te adoro Lucero.
¿Te acuerdas cuando me dijeron que eres el bultito que amo? Pues es cierto, eres el bultito que amo, y estas hecha de amor, de harina, algunas cucharadas de azúcar, muchos abrazos, y demasiados libros. Todo está perfectamente horneado bajo el calor de tu alma, y a veces te moldeas, te cambias, giras, te meces a fuego lento, pero siempre eres la misma bajo distintas formas, siempre eres tan perfectamente perfecta para mí.

Eres maravillosamente perfecta en tu simpleza, en tu complejidad, eres genial en tus comunes y rarísimos ingredientes, tu interior es la miga de la bondad, el bocado de amor puro. Tienes la capa justa de betún para protegerte de mis locuras foráneas de este mundo, en ti no hay ni un granito de maldad ni daño, nunca pierdes esa esencia que tanto me enamora, cada vez que te pruebo en un beso, y tú alma cruje, sé que para mí, tú eres perfecta. Eres mi pastelito.

Abre los ojos, ahora sal de tu cuarto y presume tu regalo. Ya te lo he dicho, falta que mezcles el arte, que de ese tienes de sobra, con la alegría y las ganas de vivir, vuelve a abrir los ojos y recuerda que tú eres quien se robó mi corazón, tómalo y baila el baile de la victoria.

¿Has abierto ya los ojos? Pues disfruta de esta noche y de todas las demás.
Se te ama con todo el corazón. AlanS Salvador Andrade Vazquez

lunes, 30 de agosto de 2010

El salón estaba vacío, en silencio entre los muebles y los libros que contaban la misma historia con distintas voces. La chimenea estaba a punto de agotar su calor. Él había entrado en casa con el alma rota y la rendición en las manos. No había cerrado la puerta a pesar de que la lluvia no cesaba por si Luz deseaba volver, porque ya nada importaba. Ya nada la retenía a su pecho. A él las palabras se le habían agotado y sus labios se habían desprendido de su memoria.

Arrodillado ante el majestuoso silencio de su ausencia lloraba hundido en el miedo ante el futuro. Así es como pasó la última hora en el baño de burbujas. En todo ese espacio de tiempo fue consciente de que tenía miedo al amor, porque su amor comenzaba y terminaba en ella. Era ella el único título de su historia y él lo sabía.

La puerta se cerró, pero él no pudo más que quedarse inmóvil. Ella entró empapada, nerviosa, y se dirigió lentamente pero con paso decidido hacia las burbujas. Ella sabía que lo que iba a decirle le crisparía para siempre el corazón. Tenía la convicción de saber cuál era el título de su historia.

- ¿Qué te pasa? – preguntó ella temblando.
- ¿Y tú me lo preguntas?- contestó él con su último suspiro-. ¿Es que no lo sabes?

Fue entonces cuando ella se arrodilló y, sujetándole la barbilla, alzó su mirada para besarlo del modo más tierno que conoce el amor, con la sutileza propia de un verso que encuentra en la metáfora su perfección. Fue breve en su ejecución pero infinito en el tiempo. Entonces ambos separaron sus labios y ella sonrió levemente acariciándole el rostro y poniendo un punto final a la historia:

- Claro que lo sé – dijo. Y a él, se le crispo para siempre el corazón.

domingo, 29 de agosto de 2010

Mi Agosto

Una noche de agosto, cualquiera entre todas las noches, salí al patio teñido de luna y me encontré con un yo mismo entristecido.

Tenía yo un quejido profundo y, con ánimo de no despertar al vecindario, dejé la luna encendida y apagué el farol que dibujaba siluetas en las banquetas y en los geranios. De ese quejido salió una lágrima, una sola, y yo mismo me contemplé derrotado: la noche me había devuelto de golpe las imágenes de lo que viví y ya nunca más viviré. Fue un golpe súbito, un estremecimiento repentino, un espasmo del tiempo que me partió en mil pedazos el espejo de mi vida. Y así fue, como de pronto y de noche, me encontré arrodillado en el patio alunadísimo, recogiendo los fragmentos de lo que fui: había un cristal del colegio y otro de mi primera comunión. Otro de aquél esquince que me devolvió a esa otra noche de agosto, cuando una chica de LUZ se acercó y me besó .

Poco a poco fui recogiendo todos los cristales del tiempo: ese que me suspendió en las matemáticas y ese cristal con sabor a chocolate de menta. Había otro de LUZ, y otro más, y otro, y casi no me hacía falta la luna de tanto brillo que desprendían mis cristales. Casi los había recogido todos cuando, de pronto, se me apareció uno muy oscuro, deformado, con los bordes afilados y el tacto débil. Lo cogí entre las manos y los ojos se me cerraron. Al abrirlos de nuevo la luna había desaparecido y un impertinente sol yacía en el cielo. El patio era ya un hervidero de gente y yo, más sólo que nunca, guardé ese último cristal en una bolsa. Y así fue como tú y el resto de mi vida volvieron conmigo a la habitación, a la espera de otra alunada noche de agosto.