Los chicos que se sienten solos no entienden a los chicos que no conocen el miedo. Hay un tipo que sufre porque nadie le quiere, o eso siente él. Se levanta temprano porque no consigue dormir más de cinco o seis horas: desayuno con diamantes de mercadillo, vísceras de poemas desgarrados y feos, aromas de microondas.
Mientras tanto, el chico sin miedo amanece antes de comer, pone la radio y no piensa en nada oscuro, abre el Facebook, despreocupado, anclado en el presente, con la conciencia tranquila o vacía, es lo mismo: ruido de sables, testosterona, prosa diaria, rutinas tranquilas.
De noche se confunden en la pista de baile: uno vive y el otro actúa, ambos con perfumes caros, los dos con miradas lascivas, unas naturales y otras pretendidas. El chico que tiene miedo lo sigue teniendo cuando simula no tenerlo.
Cuando cae la noche llega la angustia esa de las entrañas, ese monstruo que se ciñe al estómago de los chicos que se sienten solos, ese descorazonador deambular por los minutos, acogidos a la esperanza de que alguien les salve de todo lo que duele. El chico que no sufre no se siente solo aunque lo esté.
Así las cosas, la vida es el marco en el que convive el cuadro oscuro y el lienzo puro, los dos chicos que se cruzan por una misma calle y en la que sólo un tropieza.
Días para Agosto
jueves, 21 de abril de 2011
jueves, 14 de abril de 2011
El valiente juega una partida de ajedrez que sabe que va a perder.
La muerte es su rival.
Le mira altiva, sabiéndose ganadora de antemano, con una sonrisa triunfante y al mismo tiempo compasiva; pareciera que le apena estar segura de su victoria.
El guerrero reza, pero su dios calla.
Ha perdido casi todos los peones, ya ha sacrificado un caballo y un alfil y una de las torres caerá en uno de los cuatro próximos movimientos.
Si no puede ganar ¿Por qué sigue sentado frente al tablero?
Ninguna de las posibles respuestas a esa pregunta resulta alentadora; en ocasiones, nada hay de gratificante, de resolutivo, de motivador en el por qué.
Rendirse o no podría depender entonces del para qué, del proceso que conduce al final de esa partida que no se puede ganar.
Pero a él le da igual lo enriquecedor que pueda resultar el camino.
El caballero no se rinde porque a él le adiestraron para ser un guerrero.
La muerte es su rival.
Le mira altiva, sabiéndose ganadora de antemano, con una sonrisa triunfante y al mismo tiempo compasiva; pareciera que le apena estar segura de su victoria.
El guerrero reza, pero su dios calla.
Ha perdido casi todos los peones, ya ha sacrificado un caballo y un alfil y una de las torres caerá en uno de los cuatro próximos movimientos.
Si no puede ganar ¿Por qué sigue sentado frente al tablero?
Ninguna de las posibles respuestas a esa pregunta resulta alentadora; en ocasiones, nada hay de gratificante, de resolutivo, de motivador en el por qué.
Rendirse o no podría depender entonces del para qué, del proceso que conduce al final de esa partida que no se puede ganar.
Pero a él le da igual lo enriquecedor que pueda resultar el camino.
El caballero no se rinde porque a él le adiestraron para ser un guerrero.
sábado, 9 de abril de 2011
Tus 4 minutos y 23 segundos..
Una canción que te agota y te encoge, esa canción, la tuya, la que escuchas una primera vez y luego más y más, si, esa canción que rima con tu vida. ¿Recuerdas? Ibas camino al colegio, no podrias ir mas cansado, medio dormido, tu mp3 sonaba automáticamente y eran las ocho y media de la mañana. Podría decirse que aún no habías recuperado la conciencia tras seis horas de sueño apresurado, un café con leche desnatada, unas noticias en la radio y una ducha con los ojos cerrados. Pero sonó aquella canción.
Lo primero es un escalofrío que te devuelve al instante presente. Es un riff de guitarra, una frase concreta, una entonación particular: la canción te atrapa irremediablemente en medio de todos tus sentidos. De pronto te viene a la cabeza aquella noche de verano en que una chica te dejó tiritando de frío, o a esa mañana de invierno en que llegaste a casa demasiado temprano, o quizá al viaje que hiciste con alguien a una pequeña isla del mediterráneo. O a lo mejor te recuerda que la vida merece la pena ser vivida.
El caso es que en medio del ruido del trafico, (los carros y camiones, y alguna que otra ambulancia o patrulla), las esquinas llenas de señoras con laca y chavales con chicle, suena en tu reproductor algo que te transforma. Y nada más importa entonces, porque esos 4 minutos y 23 segundos son sólo para ti. Entonces te das cuenta de que una pequeña cosa puede detener el universo entero. Y sonríes, o lloras, vives en cualquier caso, encerrado por unos minutos en una cápsula emocional irrepetible.
Así que una canción, en este caso la tuya, ha parado todos los relojes y te ha introducido en un paréntesis de paz. Es sólo un ejemplo, pero nos ha pasado a todos. Y demuestra que la belleza, de una canción en este caso, posee un poder transformador de proporciones estratosféricas. La belleza nos salva y nos duele, nos hace hombres, genuinamente, esencialmente. Luego viene todo lo demás.
En que canción hemos pensado?
Lo primero es un escalofrío que te devuelve al instante presente. Es un riff de guitarra, una frase concreta, una entonación particular: la canción te atrapa irremediablemente en medio de todos tus sentidos. De pronto te viene a la cabeza aquella noche de verano en que una chica te dejó tiritando de frío, o a esa mañana de invierno en que llegaste a casa demasiado temprano, o quizá al viaje que hiciste con alguien a una pequeña isla del mediterráneo. O a lo mejor te recuerda que la vida merece la pena ser vivida.
El caso es que en medio del ruido del trafico, (los carros y camiones, y alguna que otra ambulancia o patrulla), las esquinas llenas de señoras con laca y chavales con chicle, suena en tu reproductor algo que te transforma. Y nada más importa entonces, porque esos 4 minutos y 23 segundos son sólo para ti. Entonces te das cuenta de que una pequeña cosa puede detener el universo entero. Y sonríes, o lloras, vives en cualquier caso, encerrado por unos minutos en una cápsula emocional irrepetible.
Así que una canción, en este caso la tuya, ha parado todos los relojes y te ha introducido en un paréntesis de paz. Es sólo un ejemplo, pero nos ha pasado a todos. Y demuestra que la belleza, de una canción en este caso, posee un poder transformador de proporciones estratosféricas. La belleza nos salva y nos duele, nos hace hombres, genuinamente, esencialmente. Luego viene todo lo demás.
En que canción hemos pensado?
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