Una canción que te agota y te encoge, esa canción, la tuya, la que escuchas una primera vez y luego más y más, si, esa canción que rima con tu vida. ¿Recuerdas? Ibas camino al colegio, no podrias ir mas cansado, medio dormido, tu mp3 sonaba automáticamente y eran las ocho y media de la mañana. Podría decirse que aún no habías recuperado la conciencia tras seis horas de sueño apresurado, un café con leche desnatada, unas noticias en la radio y una ducha con los ojos cerrados. Pero sonó aquella canción.
Lo primero es un escalofrío que te devuelve al instante presente. Es un riff de guitarra, una frase concreta, una entonación particular: la canción te atrapa irremediablemente en medio de todos tus sentidos. De pronto te viene a la cabeza aquella noche de verano en que una chica te dejó tiritando de frío, o a esa mañana de invierno en que llegaste a casa demasiado temprano, o quizá al viaje que hiciste con alguien a una pequeña isla del mediterráneo. O a lo mejor te recuerda que la vida merece la pena ser vivida.
El caso es que en medio del ruido del trafico, (los carros y camiones, y alguna que otra ambulancia o patrulla), las esquinas llenas de señoras con laca y chavales con chicle, suena en tu reproductor algo que te transforma. Y nada más importa entonces, porque esos 4 minutos y 23 segundos son sólo para ti. Entonces te das cuenta de que una pequeña cosa puede detener el universo entero. Y sonríes, o lloras, vives en cualquier caso, encerrado por unos minutos en una cápsula emocional irrepetible.
Así que una canción, en este caso la tuya, ha parado todos los relojes y te ha introducido en un paréntesis de paz. Es sólo un ejemplo, pero nos ha pasado a todos. Y demuestra que la belleza, de una canción en este caso, posee un poder transformador de proporciones estratosféricas. La belleza nos salva y nos duele, nos hace hombres, genuinamente, esencialmente. Luego viene todo lo demás.
En que canción hemos pensado?
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