El salón estaba vacío, en silencio entre los muebles y los libros que contaban la misma historia con distintas voces. La chimenea estaba a punto de agotar su calor. Él había entrado en casa con el alma rota y la rendición en las manos. No había cerrado la puerta a pesar de que la lluvia no cesaba por si Luz deseaba volver, porque ya nada importaba. Ya nada la retenía a su pecho. A él las palabras se le habían agotado y sus labios se habían desprendido de su memoria.
Arrodillado ante el majestuoso silencio de su ausencia lloraba hundido en el miedo ante el futuro. Así es como pasó la última hora en el baño de burbujas. En todo ese espacio de tiempo fue consciente de que tenía miedo al amor, porque su amor comenzaba y terminaba en ella. Era ella el único título de su historia y él lo sabía.
La puerta se cerró, pero él no pudo más que quedarse inmóvil. Ella entró empapada, nerviosa, y se dirigió lentamente pero con paso decidido hacia las burbujas. Ella sabía que lo que iba a decirle le crisparía para siempre el corazón. Tenía la convicción de saber cuál era el título de su historia.
- ¿Qué te pasa? – preguntó ella temblando.
- ¿Y tú me lo preguntas?- contestó él con su último suspiro-. ¿Es que no lo sabes?
Fue entonces cuando ella se arrodilló y, sujetándole la barbilla, alzó su mirada para besarlo del modo más tierno que conoce el amor, con la sutileza propia de un verso que encuentra en la metáfora su perfección. Fue breve en su ejecución pero infinito en el tiempo. Entonces ambos separaron sus labios y ella sonrió levemente acariciándole el rostro y poniendo un punto final a la historia:
- Claro que lo sé – dijo. Y a él, se le crispo para siempre el corazón.
Días para Agosto
lunes, 30 de agosto de 2010
domingo, 29 de agosto de 2010
Mi Agosto
Una noche de agosto, cualquiera entre todas las noches, salí al patio teñido de luna y me encontré con un yo mismo entristecido.
Tenía yo un quejido profundo y, con ánimo de no despertar al vecindario, dejé la luna encendida y apagué el farol que dibujaba siluetas en las banquetas y en los geranios. De ese quejido salió una lágrima, una sola, y yo mismo me contemplé derrotado: la noche me había devuelto de golpe las imágenes de lo que viví y ya nunca más viviré. Fue un golpe súbito, un estremecimiento repentino, un espasmo del tiempo que me partió en mil pedazos el espejo de mi vida. Y así fue, como de pronto y de noche, me encontré arrodillado en el patio alunadísimo, recogiendo los fragmentos de lo que fui: había un cristal del colegio y otro de mi primera comunión. Otro de aquél esquince que me devolvió a esa otra noche de agosto, cuando una chica de LUZ se acercó y me besó .
Poco a poco fui recogiendo todos los cristales del tiempo: ese que me suspendió en las matemáticas y ese cristal con sabor a chocolate de menta. Había otro de LUZ, y otro más, y otro, y casi no me hacía falta la luna de tanto brillo que desprendían mis cristales. Casi los había recogido todos cuando, de pronto, se me apareció uno muy oscuro, deformado, con los bordes afilados y el tacto débil. Lo cogí entre las manos y los ojos se me cerraron. Al abrirlos de nuevo la luna había desaparecido y un impertinente sol yacía en el cielo. El patio era ya un hervidero de gente y yo, más sólo que nunca, guardé ese último cristal en una bolsa. Y así fue como tú y el resto de mi vida volvieron conmigo a la habitación, a la espera de otra alunada noche de agosto.
Tenía yo un quejido profundo y, con ánimo de no despertar al vecindario, dejé la luna encendida y apagué el farol que dibujaba siluetas en las banquetas y en los geranios. De ese quejido salió una lágrima, una sola, y yo mismo me contemplé derrotado: la noche me había devuelto de golpe las imágenes de lo que viví y ya nunca más viviré. Fue un golpe súbito, un estremecimiento repentino, un espasmo del tiempo que me partió en mil pedazos el espejo de mi vida. Y así fue, como de pronto y de noche, me encontré arrodillado en el patio alunadísimo, recogiendo los fragmentos de lo que fui: había un cristal del colegio y otro de mi primera comunión. Otro de aquél esquince que me devolvió a esa otra noche de agosto, cuando una chica de LUZ se acercó y me besó .
Poco a poco fui recogiendo todos los cristales del tiempo: ese que me suspendió en las matemáticas y ese cristal con sabor a chocolate de menta. Había otro de LUZ, y otro más, y otro, y casi no me hacía falta la luna de tanto brillo que desprendían mis cristales. Casi los había recogido todos cuando, de pronto, se me apareció uno muy oscuro, deformado, con los bordes afilados y el tacto débil. Lo cogí entre las manos y los ojos se me cerraron. Al abrirlos de nuevo la luna había desaparecido y un impertinente sol yacía en el cielo. El patio era ya un hervidero de gente y yo, más sólo que nunca, guardé ese último cristal en una bolsa. Y así fue como tú y el resto de mi vida volvieron conmigo a la habitación, a la espera de otra alunada noche de agosto.
viernes, 27 de agosto de 2010
Tras muchos años paseando de la mano por las mojadas aceras, Al seguía colgando el último el teléfono, esperando que algún día Luz tampoco lo hiciera y que sus risas llenas de rubor volvieran a escucharse a través del auricular, sonrojados de no querer despedirse primero. Después de tanto tiempo quedando en la misma esquina, Luz seguía mirando a través del espejo de su coche, por si algún día Al volvía a quedarse delante del portal, esperando a que ella girara la calle, con la mano aún levantada y el regazo ardiendo para el día siguiente.
Los dos seguían esperando esos gestos, pero no los reclamaban, porque el tiempo, aunque no mata el corazón, lo calla, y deja que los anhelos se conviertan en hielo.
Porque, a veces, no hay nada más triste, que un recuerdo feliz.
Los dos seguían esperando esos gestos, pero no los reclamaban, porque el tiempo, aunque no mata el corazón, lo calla, y deja que los anhelos se conviertan en hielo.
Porque, a veces, no hay nada más triste, que un recuerdo feliz.
domingo, 8 de agosto de 2010
De una amiga que a veces conosco y otras tantas desconosco. querida FELICIDAD
Oh, veo que arriba escribí tu nombre en mayúscula y aquí en mi encabezado, se redujo a un triste principio en minúsculas. ¿Será que de alguna manera el inconsciente –sabio y seguro—oculto en su propio hábitat, sabe de cierto que comienzo en grande y termino en pequeño? ¿Será que en realidad, como dicen por ahí “la felicidad quizá ni existe” y lo que vivimos son simples “momentos eufóricos”?.
Porque si no, ¿Cómo se entiende que uno pueda pasar de una alegría inmensa, una alegría de gigantes que te plena, que te hace ver luces de colores, a una tristeza que te agobia, que te hace sentir miserable, como si la vida te debiera algo o la pobre vida que nada tiene que ver de cómo la vivamos, te cobrará un no sé qué, de un algo más de lo que ignoro?
He hecho un viaje en estas semanas por varios mundos interiores, (de mí), en todo caso mi obsesión va ligada a mis estados de ánimo. Si bien es cierto que no he caminado por lechos de rosas últimamente con tanta pérdida, no puedo negar que he transitado por un camino que me tiene en una tira de lectura de un electrocardiograma, con las variaciones más enrevesadas, con puntas que tocan los límites del salirse del cuadriculado, o de bajar hasta caer definitivamente del papel, de sentirse cabizbajo.
Tantas veces hablamos de la felicidad, la deseamos a todos. “hoy cumple años fulano de talo fulana, que no estamos para discriminaciones”, y uno salta, feliz cumpleaños, felicidades, felicidad. Si nace un bebé, si se gana un premio, si viajas, si vas hasta la esquina, es decir, en innumerables circunstancias, siempre te desean y deseas la felicidad, pero no solo para los “otros”, la aspiras sentir tu también y es allí, donde comienza Cristo a padecer. Porque la felicidad no debe buscarse, debe reconocerse, según lo miro, repito, después de haber hecho esos viajes interiores. Y en el momento en que esa emoción inigualable te embarga, sin pensar en sus procesos neurales ni en el “sistema límbico”, es cuando uno debería dejarse llevar hasta el paroxismo, que no de la tira del electrocardiograma, si no del disfrutar al máximo el regalo divino de poder sentir al menos en un instante ese chispazo que te hizo olvidar que dentro de un rato, se apagará y quizás, vuelvas a sentir, que la soledad si existe, que la tristeza es un don para los poetas y los bardos, que no todo puede ser lo que queramos o deseamos, simplemente pasa el momento y debes atraparlo y conservarlo en la memoria, para cuando pienses en ella o en él, o en el paisaje que dejaste atrás, sonrías pensando… Yo también fui feliz una hora ayer.
Hasta siempre querida felicidad, en este andar por el vivir, ojalá me tropiece contigo algunas veces más.
Atentamente, él quien no puede ya con su rodilla, él quien escribe desde la marginación y el olvido de todo y casi todos, él que te extraña, él quien ahora mismo, siente correr un par de lágrimas por sus mejillas…
Porque si no, ¿Cómo se entiende que uno pueda pasar de una alegría inmensa, una alegría de gigantes que te plena, que te hace ver luces de colores, a una tristeza que te agobia, que te hace sentir miserable, como si la vida te debiera algo o la pobre vida que nada tiene que ver de cómo la vivamos, te cobrará un no sé qué, de un algo más de lo que ignoro?
He hecho un viaje en estas semanas por varios mundos interiores, (de mí), en todo caso mi obsesión va ligada a mis estados de ánimo. Si bien es cierto que no he caminado por lechos de rosas últimamente con tanta pérdida, no puedo negar que he transitado por un camino que me tiene en una tira de lectura de un electrocardiograma, con las variaciones más enrevesadas, con puntas que tocan los límites del salirse del cuadriculado, o de bajar hasta caer definitivamente del papel, de sentirse cabizbajo.
Tantas veces hablamos de la felicidad, la deseamos a todos. “hoy cumple años fulano de talo fulana, que no estamos para discriminaciones”, y uno salta, feliz cumpleaños, felicidades, felicidad. Si nace un bebé, si se gana un premio, si viajas, si vas hasta la esquina, es decir, en innumerables circunstancias, siempre te desean y deseas la felicidad, pero no solo para los “otros”, la aspiras sentir tu también y es allí, donde comienza Cristo a padecer. Porque la felicidad no debe buscarse, debe reconocerse, según lo miro, repito, después de haber hecho esos viajes interiores. Y en el momento en que esa emoción inigualable te embarga, sin pensar en sus procesos neurales ni en el “sistema límbico”, es cuando uno debería dejarse llevar hasta el paroxismo, que no de la tira del electrocardiograma, si no del disfrutar al máximo el regalo divino de poder sentir al menos en un instante ese chispazo que te hizo olvidar que dentro de un rato, se apagará y quizás, vuelvas a sentir, que la soledad si existe, que la tristeza es un don para los poetas y los bardos, que no todo puede ser lo que queramos o deseamos, simplemente pasa el momento y debes atraparlo y conservarlo en la memoria, para cuando pienses en ella o en él, o en el paisaje que dejaste atrás, sonrías pensando… Yo también fui feliz una hora ayer.
Hasta siempre querida felicidad, en este andar por el vivir, ojalá me tropiece contigo algunas veces más.
Atentamente, él quien no puede ya con su rodilla, él quien escribe desde la marginación y el olvido de todo y casi todos, él que te extraña, él quien ahora mismo, siente correr un par de lágrimas por sus mejillas…
jueves, 5 de agosto de 2010
alguien votó por la carita feliz C: muchisimas gracias ( De esto me acabo de dar cuenta, las 3 últimas veces que escribí, fueron un jueves)
Perdido. Así me siento. Perdido de par en par, de blanco al negro, sin rumbo y con dirección a la distancia, a las maquinitas de popis. Perdido de mí y de ella, de mi vida y de su vida –de nuestra vida-. Perdido de mis tan adorados sueños de agosto, perdido de mi adorable mechón, perdido entre mi realidad, entre mi espuma existencialista. Perdido en mi propio carro que tan lindo se ve en el taller (nótese el sarcasmo).
Me quedan mis manos, mis piernas, mi estomago, mi alma, mi corazón y aquello que llaman espíritu, para algún día retomar el rumbo de mi vida, estar perdido me está descolorando pero no hay día que no me pinte, a ratos, a mis ratos, mientras escucho mi música, mientras leo mis libros, mientras leo buenos correos llenos de berrinches –y por que no decirlo- llenos de talento también (a veces pienso que tienen más talento en una oración que yo en 100 hojas) mientras dejo y recibo mensajitos, mientras pienso en mi chica miniatura, mientras pienso en el cine y en mi próxima gran aventura.
Los que más quiero y me quieren… ¿Siguen ahí? O ahora me quieren de lejos –eso me parece, y me duele-.
Perdido, de la vida que desearía vivir y que, aunque sigo viéndola ahí, con todas sus luces, no la alcanzo.
Al final todo trata de lo mismo, o surge por él, de él, o es consecuencia de él, o no va muy lejos de él, porque cuando nos llena y luego nos abandona, son demasiadas las heridas, demasiadas las arañadas, demasiadas las tristezas, que se cristalizaron en lo más profundo, en donde no llegan las palabras de consuelo, los ánimos, ni los sabios consejos de vidas ajenas, ahí en lo más hondo cuyos interiores están decorados con una linda exposición de líneas y puntos sin sentido en un lienzo olvidado en el sótano al fondo de la última sala del mausoleo abandonado, y hablo de eso, de eso que nos mece, nos espabila, nos arrulla, de eso que necesitamos, de eso que es o no es, de eso que no puedes tener a medias y no se debe entregar si no es por completo, de eso que nos hace fuertes pero también vulnerables, de eso que nos hace entender y asumir que somos seres especiales, llorosos, atormentados, frágiles, protectores y muy valientes.
--HABLO DEL AMOR—
Quiero decirte algo, algo que pienso desde el corazón y siento desde el cerebro,
Quiero decirte algo desde la melancolía de los sueños no cumplidos
Desde los desencuentros inesperados
Para que lo ordenes cronológicamente
Desde el que me hizo perder la cabeza
Hasta el que me enseñó que todo se aprende
Como un dibujo en medio del aire, poniéndole vértices imposibles al espacio que nos separa. Cada esquina de nuestra distancia es una razón para extrañarte y quizá por eso se nos parte el alma, tan partida, tan herida. Tenemos demasiados planes escritos en la espalda como para que las cicatrices que nos haremos a la fuerza de extrañarnos tanto, tanto, tanto, las borren.
Dicen los poetas que todo se puede versar, como si supieran de lo vivido algo más que lo escrito. Nuestras vidas no pueden tener una asonante ni un soneto de esos de a catorce porque tenemos demasiados matices escritos en la espalda, muchos espejos asomados en las cicatrices que nos hicimos a fuerza de querernos tanto, tanto, tanto, tanto amor vertido en alguna alcantarilla de esta maldita ciudad que nos verá escapar algún día juntos.
Y aquí de nuevo, desgañitado en medio de los hielos y algún alcohol lleno de grados y de vergüenza, desentendido de las afueras, perdido en los alrededores de mi mismo, ajeno de mi razón y mi estilo, aquí sigo, saboreando otra noche de pólvora, con azufre en los dedos, aquí seguiré, seguro, en un permanente debate entre la muerte, tus ojos y mis recuerdos.
Porque cuando escribo mis pensamientos sin envoltorios
Es cuando menos los entiendo
Por esas 3 oraciones de 3 personas distintas
*Dónde te encontraría si estoy perdida en ti, buscando dirección al rincón de tu boca, llena de mariposas, llena de amor*
*Sabes que aquí estaré si llegas sonriendo o llorando*
*Reconoces a esa persona cuando sabes que no necesita una máscara para sacar una sonrisa*
Me quedan mis manos, mis piernas, mi estomago, mi alma, mi corazón y aquello que llaman espíritu, para algún día retomar el rumbo de mi vida, estar perdido me está descolorando pero no hay día que no me pinte, a ratos, a mis ratos, mientras escucho mi música, mientras leo mis libros, mientras leo buenos correos llenos de berrinches –y por que no decirlo- llenos de talento también (a veces pienso que tienen más talento en una oración que yo en 100 hojas) mientras dejo y recibo mensajitos, mientras pienso en mi chica miniatura, mientras pienso en el cine y en mi próxima gran aventura.
Los que más quiero y me quieren… ¿Siguen ahí? O ahora me quieren de lejos –eso me parece, y me duele-.
Perdido, de la vida que desearía vivir y que, aunque sigo viéndola ahí, con todas sus luces, no la alcanzo.
Al final todo trata de lo mismo, o surge por él, de él, o es consecuencia de él, o no va muy lejos de él, porque cuando nos llena y luego nos abandona, son demasiadas las heridas, demasiadas las arañadas, demasiadas las tristezas, que se cristalizaron en lo más profundo, en donde no llegan las palabras de consuelo, los ánimos, ni los sabios consejos de vidas ajenas, ahí en lo más hondo cuyos interiores están decorados con una linda exposición de líneas y puntos sin sentido en un lienzo olvidado en el sótano al fondo de la última sala del mausoleo abandonado, y hablo de eso, de eso que nos mece, nos espabila, nos arrulla, de eso que necesitamos, de eso que es o no es, de eso que no puedes tener a medias y no se debe entregar si no es por completo, de eso que nos hace fuertes pero también vulnerables, de eso que nos hace entender y asumir que somos seres especiales, llorosos, atormentados, frágiles, protectores y muy valientes.
--HABLO DEL AMOR—
Quiero decirte algo, algo que pienso desde el corazón y siento desde el cerebro,
Quiero decirte algo desde la melancolía de los sueños no cumplidos
Desde los desencuentros inesperados
Para que lo ordenes cronológicamente
Desde el que me hizo perder la cabeza
Hasta el que me enseñó que todo se aprende
Como un dibujo en medio del aire, poniéndole vértices imposibles al espacio que nos separa. Cada esquina de nuestra distancia es una razón para extrañarte y quizá por eso se nos parte el alma, tan partida, tan herida. Tenemos demasiados planes escritos en la espalda como para que las cicatrices que nos haremos a la fuerza de extrañarnos tanto, tanto, tanto, las borren.
Dicen los poetas que todo se puede versar, como si supieran de lo vivido algo más que lo escrito. Nuestras vidas no pueden tener una asonante ni un soneto de esos de a catorce porque tenemos demasiados matices escritos en la espalda, muchos espejos asomados en las cicatrices que nos hicimos a fuerza de querernos tanto, tanto, tanto, tanto amor vertido en alguna alcantarilla de esta maldita ciudad que nos verá escapar algún día juntos.
Y aquí de nuevo, desgañitado en medio de los hielos y algún alcohol lleno de grados y de vergüenza, desentendido de las afueras, perdido en los alrededores de mi mismo, ajeno de mi razón y mi estilo, aquí sigo, saboreando otra noche de pólvora, con azufre en los dedos, aquí seguiré, seguro, en un permanente debate entre la muerte, tus ojos y mis recuerdos.
Porque cuando escribo mis pensamientos sin envoltorios
Es cuando menos los entiendo
Por esas 3 oraciones de 3 personas distintas
*Dónde te encontraría si estoy perdida en ti, buscando dirección al rincón de tu boca, llena de mariposas, llena de amor*
*Sabes que aquí estaré si llegas sonriendo o llorando*
*Reconoces a esa persona cuando sabes que no necesita una máscara para sacar una sonrisa*
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