Oh, veo que arriba escribí tu nombre en mayúscula y aquí en mi encabezado, se redujo a un triste principio en minúsculas. ¿Será que de alguna manera el inconsciente –sabio y seguro—oculto en su propio hábitat, sabe de cierto que comienzo en grande y termino en pequeño? ¿Será que en realidad, como dicen por ahí “la felicidad quizá ni existe” y lo que vivimos son simples “momentos eufóricos”?.
Porque si no, ¿Cómo se entiende que uno pueda pasar de una alegría inmensa, una alegría de gigantes que te plena, que te hace ver luces de colores, a una tristeza que te agobia, que te hace sentir miserable, como si la vida te debiera algo o la pobre vida que nada tiene que ver de cómo la vivamos, te cobrará un no sé qué, de un algo más de lo que ignoro?
He hecho un viaje en estas semanas por varios mundos interiores, (de mí), en todo caso mi obsesión va ligada a mis estados de ánimo. Si bien es cierto que no he caminado por lechos de rosas últimamente con tanta pérdida, no puedo negar que he transitado por un camino que me tiene en una tira de lectura de un electrocardiograma, con las variaciones más enrevesadas, con puntas que tocan los límites del salirse del cuadriculado, o de bajar hasta caer definitivamente del papel, de sentirse cabizbajo.
Tantas veces hablamos de la felicidad, la deseamos a todos. “hoy cumple años fulano de talo fulana, que no estamos para discriminaciones”, y uno salta, feliz cumpleaños, felicidades, felicidad. Si nace un bebé, si se gana un premio, si viajas, si vas hasta la esquina, es decir, en innumerables circunstancias, siempre te desean y deseas la felicidad, pero no solo para los “otros”, la aspiras sentir tu también y es allí, donde comienza Cristo a padecer. Porque la felicidad no debe buscarse, debe reconocerse, según lo miro, repito, después de haber hecho esos viajes interiores. Y en el momento en que esa emoción inigualable te embarga, sin pensar en sus procesos neurales ni en el “sistema límbico”, es cuando uno debería dejarse llevar hasta el paroxismo, que no de la tira del electrocardiograma, si no del disfrutar al máximo el regalo divino de poder sentir al menos en un instante ese chispazo que te hizo olvidar que dentro de un rato, se apagará y quizás, vuelvas a sentir, que la soledad si existe, que la tristeza es un don para los poetas y los bardos, que no todo puede ser lo que queramos o deseamos, simplemente pasa el momento y debes atraparlo y conservarlo en la memoria, para cuando pienses en ella o en él, o en el paisaje que dejaste atrás, sonrías pensando… Yo también fui feliz una hora ayer.
Hasta siempre querida felicidad, en este andar por el vivir, ojalá me tropiece contigo algunas veces más.
Atentamente, él quien no puede ya con su rodilla, él quien escribe desde la marginación y el olvido de todo y casi todos, él que te extraña, él quien ahora mismo, siente correr un par de lágrimas por sus mejillas…
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