Una noche de agosto, cualquiera entre todas las noches, salí al patio teñido de luna y me encontré con un yo mismo entristecido.
Tenía yo un quejido profundo y, con ánimo de no despertar al vecindario, dejé la luna encendida y apagué el farol que dibujaba siluetas en las banquetas y en los geranios. De ese quejido salió una lágrima, una sola, y yo mismo me contemplé derrotado: la noche me había devuelto de golpe las imágenes de lo que viví y ya nunca más viviré. Fue un golpe súbito, un estremecimiento repentino, un espasmo del tiempo que me partió en mil pedazos el espejo de mi vida. Y así fue, como de pronto y de noche, me encontré arrodillado en el patio alunadísimo, recogiendo los fragmentos de lo que fui: había un cristal del colegio y otro de mi primera comunión. Otro de aquél esquince que me devolvió a esa otra noche de agosto, cuando una chica de LUZ se acercó y me besó .
Poco a poco fui recogiendo todos los cristales del tiempo: ese que me suspendió en las matemáticas y ese cristal con sabor a chocolate de menta. Había otro de LUZ, y otro más, y otro, y casi no me hacía falta la luna de tanto brillo que desprendían mis cristales. Casi los había recogido todos cuando, de pronto, se me apareció uno muy oscuro, deformado, con los bordes afilados y el tacto débil. Lo cogí entre las manos y los ojos se me cerraron. Al abrirlos de nuevo la luna había desaparecido y un impertinente sol yacía en el cielo. El patio era ya un hervidero de gente y yo, más sólo que nunca, guardé ese último cristal en una bolsa. Y así fue como tú y el resto de mi vida volvieron conmigo a la habitación, a la espera de otra alunada noche de agosto.
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